lunes, 23 de febrero de 2015

¿Quieres ser sano?

¿Quieres ser sano?

Nos aferramos a nuestras aflicciones porque nos resulta cómodo y familiar; sin embargo, el deseo de Dios es sanarnos. La pregunta es: ¿Dejaremos que lo haga?
por Winn Collier
Si usted ha tenido algún amigo o un miembro de la familia atrapado por una adicción, sabe que, a menos que exista el verdadero deseo de verse libre de esa tenaza que le está quitando la vida, poco cambiará. Tengo una amiga cuya historia incluye una lista larga de decisiones terribles: mala alimentación, sedentarismo, falta de descanso y envolvimiento recurrente en actividades estresantes. Todo esto ha deteriorado poco a poco su cuerpo y su alma. Los médicos le han advertido claramente en cuanto a su salud, y esto la ha atemorizado. Por tanto, durante algunas semanas dirá que está haciendo ajustes radicales. Pero, inevitablemente, vuelve a sus viejos hábitos. La verdad es que ella no quiere cambiar. Prefiere su estilo de vida poco saludable a estar bien. Pero yo no puedo tirarle la primera piedra, pues a veces, veo este patrón en mi propia historia.

La pura verdad es que, si queremos estar bien (ya sea en cuanto a la salud de nuestro cuerpo, o a la restauración de nuestra familia, o tener un vigor renovado en nuestro caminar con Dios), debemos anhelar sinceramente estar bien. Tenemos que avivar nuestras ansias de Dios y de lo bueno; tales deseos profundos no son secundarios —son esenciales. Agustín de Hipona dijo: “La totalidad de la vida de un buen cristiano es, en realidad, una práctica de deseos santos”. Jesús habló mucho de la importancia de prestar mucha atención a los afectos de nuestro corazón, avivando las llamas del hambre por lo bueno, y apagando al mismo tiempo todo fuego falso.
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