martes, 27 de enero de 2015

Sanidad del herido

La sanidad del herido

Jesús vino a nuestro mundo para transformarlo, pero regresará para perfeccionar el trabajo que había comenzado.
por Charles F. Stanley
Es difícil saber lo que realmente está pasando en la vida de las personas. Por ejemplo, en la iglesia la mayoría de las personas sonríen, saludan a sus amigos, y tienden a dar una buena impresión. Pero ¿qué tal si pudiéramos ver la verdad de sus vidas manifestada en sus cuerpos físicos? Descubriríamos que muchas están debilitadas por el dolor. Sabríamos al instante si les está sucediendo algo, y haríamos lo que pudiéramos para ayudarlas.
Así es probablemente cómo Jesús percibía a las personas cuando trataba de ayudarlas. Aunque en algunas de ellas las dolencias físicas eran más evidentes, también discernía la oscuridad espiritual y las heridas emocionales que las habían dejado devastadas. Y aunque Cristo siempre intervenía para sanarlas físicamente, su propósito principal era salvarlas del pecado y darles vida en abundancia (Jn 10.10).

Me pregunto cuántos creyentes hoy podrían decir con sinceridad que disfrutan de ese gran regalo. Sí, han sido salvos del pecado e irán al cielo, pero su vida parece más un seco desierto que un arroyo desbordante.
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La manera de adquirir sabiduría

La manera de adquirir sabiduría

10 de enero de 2015
Aunque el conocimiento es un bien preciado en el mundo, la sabiduría es aun más importante (Pr 8.11). Dios quiere que veamos la vida desde su perspectiva, y que evaluemos todo de acuerdo con los principios bíblicos.
Pero para ello, debemos buscar crecer en sabiduría; pues al igual que cualquier cosa valiosa, ella debe ser buscada y aprendida cuidadosamente de sus fuentes.
La primera fuente es la Biblia. Proverbios enseña que debemos prestar atención a las palabras de Dios, y guardar sus mandamientos en nuestro corazón (4.20-22). En estos días, la información se transmite de acuerdo a los intereses de las personas que la han preparado. La única manera de conocer la perspectiva correcta —es decir, la de Dios— es leer su Palabra y poner en práctica sus preceptos (8.33).

Otra fuente de sabiduría es el consejo de personas temerosas de Dios (12.15). Algunas veces, el Señor trae hermanos en la fe a nuestras vidas para brindarnos orientación bíblica, aliento o corrección. En el libro de Proverbios, quienes ignoran las palabras de una persona temerosa de Dios son etiquetados como “insensatos”. Así que no sea usted insensato. Rodéese de otros seguidores de Cristo que también estén buscando la sabiduría divina.
Nuestro Padre celestial asegura que quienes la busquen lo encontrarán a Él (8.12, 17). Los creyentes diligentes descubrirán que poseen un tesoro abundante: Además de una perspectiva piadosa, tendrán conocimiento, discernimiento y prudencia —riquezas poco comunes en el mundo moderno. Utilícelas bien.

Priorizar la oración

La prioridad de la oración

9 de enero de 2015
¿Dejó usted de lado alguna vez su tiempo diario de oración, pensado: Estoy demasiado ocupado para orar hoy? Cada vez que renunciamos al tiempo del recogimiento con Dios para hacer otra cosa, estamos haciendo una declaración en cuanto a nuestras prioridades. Es una manera no tan sutil de decir: “Jesús, mi agenda es más importante para mí que tú, hoy. Tendré que ponerme al día contigo más tarde”.
Todos hacemos esto de vez en cuando, ¿verdad? Dejar de orar a veces es muy fácil porque, dado que sabemos que el Señor está siempre allí, pensamos que podemos recuperar el tiempo después. Es como si menospreciáramos la presencia interior y eterna de Dios, pensando: El Señor estará allí mañana, ¡pero yo tengo que hacer esto hoy!
Lo que olvidamos es que el tiempo a solas con Dios es lo que nos da el poder para hacer frente a las tareas del día. Por tanto, cuanto más ocupado vaya a estar nuestro día, ¡más tiempo debemos pasar en oración!

La Biblia enseña claramente que el Señor Jesús daba prioridad a su tiempo a solas con el Padre. No puedo imaginar a ninguna otra persona que tuviera más en su mente, que tuviera más cosas que hacer, o que fuera más buscado que el Señor Jesús. Sin embargo, las veces en que estaba más ocupado, eran las veces que lo vemos apartarse de las multitudes para orar.
Recordemos que Jesús es Dios; si Él consideraba necesaria la oración para prepararse para sus días más ocupados, ¡entonces ella es absolutamente esencial para el resto de nosotros!

Una conducta absurda

Una conducta absurda

Leer | Salmo 55.22
8 de enero de 2015
Imagine que se encuentra caminando en medio de un aeropuerto lleno de gente. No puede moverse sin tropezar con alguien, porque está retrasado para tomar un vuelo y las ruedas de su maleta se rompieron por el peso. Sin otra opción, se ve obligado a llevar el equipaje en sus brazos y a maniobrar lentamente por el congestionado pasillo hacia el área de abordaje.
Casi de inmediato, un joven se le acerca y le ofrece ayudarle a cargar la maleta, pero no acepta, diciendo: “No, gracias. Yo me encargo”. Al darse cuenta de que el área de abordaje está dos niveles más arriba, se dirige a las escaleras. Alguien le pregunta: “¿No sería más fácil que tomara el elevador? Está allí mismo”. Pero usted responde: “No, yo me encargo”.
Cuando llega finalmente, siente entumecidos los brazos por la presión de la maleta. Le duele la espalda por soportar la pesada carga. Entonces ve varios carretones de equipaje disponibles, pero los ignora, pensando: “No, yo me encargo”.

Esta es una historia absurda, ¿verdad? ¿Quién preferiría llevar una carga tan pesada, prescindiendo de todas las oportunidades para liberarse de ella? Sin embargo, muchos creyentes están haciendo precisamente eso.
Nuestro Padre celestial nos ha llamado a poner nuestras preocupaciones a sus pies. Pero cuando no venimos a Él en oración, somos tan tontos como esa persona que va tambaleándose por el aeropuerto, balbuceando: “Yo me encargo”.
¿Está usted tratando de llevar una carga muy pesada? No desprecie la oferta de Dios de ayudarle. La verdad es que no podemos “encargarnos de todo”, y Él nunca quiso que lo intentáramos.

Toda ansiedad

Toda nuestra ansiedad

7 de enero de 2015
¿Se ha preguntado alguna vez por qué un pasaje que habla de la ansiedad describe a Satanás como un león rugiente? La ansiedad puede hacernos sentir deshechos por el temor, la frustración y la impotencia. La ansiedad es un sentimiento torturante y la lectura de hoy nos recuerda que el diablo la maneja hábilmente.
Sin embargo, no tenemos que vivir con ansiedad, pues Dios cierra la boca de los leones que amenazan a sus seguidores (Dn 6.22). Pedro habló de cómo podemos mantenernos alejados de las mandíbulas de la ansiedad. Primero, humillándonos delante de Dios. Lo que causa la ansiedad es una sensación de impotencia en una situación; por tanto, la mejor respuesta es rendirse a Dios con la confianza de que tiene el poder de controlar su vida. Además, nunca debe olvidar que Dios está siempre creando las circunstancias para el bien de usted y la gloria de Él (Ro 8.28).

Recuerde que la oración es una declaración de dependencia. Cuando usted se humilla, se está arrodillando delante del Dios omnipotente. Y puesto que nada es un impedimento para su poder, echar nuestra ansiedad sobre Él es la acción de confiar en que Dios se encargará de nuestros problemas. Él asume la responsabilidad de responder a las necesidades de los creyentes; y nosotros de obedecerle (Mt 6.31-33).
Por último, resistir a Satanás permaneciendo firme en la fe. En otras palabras, no arrebate esas preocupaciones de las manos de Dios para angustiarse por ellas otra vez. Cuando los planes de ataque del diablo le hagan temblar, rechace sus mentiras y tenga fe en que el Señor es suficiente para manejar la situación.

Jesús: El Salvador que nos busca

Jesús: El Salvador que nos busca

6 de enero de 2015
Los cristianos de Laodicea se veían a sí mismos como ricos y autosuficientes cuando, en realidad, su ceguera espiritual y su fariseísmo les habían impedido reconocer su verdadera pobreza. A pesar de que habían cerrado la puerta entre ellos y el Señor Jesús, Él nunca renunció a ellos.Apocalipsis 3.20 enseña que Jesús . . .
• Está a la puerta—Él Señor toma la iniciativa. Está listo y dispuesto a buscarnos, incluso cuando hayamos levantado una barrera.
• Llama a la puerta—Él trata de llamar nuestra atención por varios medios, incluyendo circunstancias, sufrimientos, pruebas, convicción de pecado, insomnio o su Palabra. Luego espera con paciencia nuestra respuesta.
• Nos invita a abrir la puerta—Aunque Cristo es omnipotente, nunca nos obliga a relacionarnos con Él.
• Atraviesa la puerta—Si le abrimos nuestro corazón, Él entrará en nuestras vidas. Por medio de la presencia interior del Espíritu Santo, participamos efectivamente de la naturaleza divina de Cristo, y somos transformados a su imagen.
• Cena con nosotros—Ahora que nada se interpone entre nosotros y Jesús, podemos comenzar a disfrutar de todos los beneficios de una relación estrecha con Él, y ser alimentados por su Palabra.
¿Dónde está usted en este proceso? ¿Ha levantado una barrera entre usted y el Señor? Los laodicenses nos enseñan lo infelices que somos cuando mantenemos a distancia al Señor Jesús. Solo si le permitimos un acceso irrestricto a nuestras vidas, experimentaremos el gozo de vivir con Él.


Aceptados por el Señor

Aceptados por el Señor

Leer | Romanos 8.14-16
5 de enero de 2015
Nuestro Padre celestial sabe que anhelamos ser aceptados, y sentir que formamos parte de algo. Él se encarga de ambas necesidades cuando recibimos a su Hijo Jesucristo como nuestro Salvador.
Por el pecado de Adán, se rompió nuestra conexión espiritual con el Señor (Ro 5.12). Por tanto, cada ser humano ha nacido desde entonces con una naturaleza “carnal” que mantiene al hombre separado de Dios. Pero el Padre tenía un plan para reconciliarnos con Él por medio de la sangre vertida por su Hijo (Col 1.20). Debemos entender que somos pecadores incapaces de pagar la deuda por nuestro pecado —algo que solo la muerte de Jesús en la cruz pudo pagar.

Toda persona que acepta el sacrificio de Cristo, recibirá el perdón de sus pecados y la reconciliación con Dios. Por haber sido justificados por la sangre del Salvador cada uno de nosotros llega a ser una nueva creación en Él.
En el momento de la salvación, somos aceptados en la familia de Dios, y recibimos el derecho de llamarlo nuestro Padre celestial. Con esta aceptación viene un sentido de pertenencia. Ahora somos parte de una familia unida en Cristo. Exteriormente somos diferentes unos de otros; pero, interiormente, estamos unidos por el mismo Espíritu (1 Co 12.12-14).
Nuestra sociedad nos dice que la aceptación se basa en lo que hacemos y en cuánto logramos. Pero el mensaje de Dios nos dice lo contrario: la fe en Cristo es la única razón para ser aceptados por Él. La presencia del Espíritu Santo en nosotros nos da testimonio de que siempre perteneceremos al Señor.